Introducción
Breve Historia de la «Irrealidad en la Política»
Aunque la mentira es una práctica que tradicionalmente la opinión pública de las sociedades democráticas relaciona con la profesión política, se piensa que, en el pasado, la política en general y los dirigentes políticos en particular, eran más sinceros y francos. Un ardid de captación de nuevas formaciones o corrientes políticas, desacreditando a los partidos tradicionales, es precisamente proponer una “nueva política”, que destierre a los políticos mentirosos compulsivos (todos los otros).
La práctica, en nuestro país y en otras latitudes, demuestra que esta valoración moralista comparativa suele estar asentada en una falacia. La mentira o el ocultamiento de la verdad, no obstante, cuenta con una larga tradición del pensamiento político que acepta ‘positivamente’ que los políticos mientan a los gobernados.
La mentira, el ocultamiento, la distorsión y el secretismo han sido elementos de la vida pública en todas las sociedades humanas organizadas a lo largo de la historia. Desde los imperios griego y romano, pasando por la Edad Media europea, hasta las primeras dinastías chinas, la deshonestidad ha sido una característica constante de las élites políticas.
La política antigua y medieval estuvo dominada por una consideración positiva de la mentira heredada de Platón. Para el filósofo, los aptos para gobernar, serían los muy formados intelectualmente, que alcanzaban a comprender «el bien supremo», o sea un elitismo erudito de versados por sobre los ‘ignorantes’, puesto que los pocos que conocían la “verdad” [¿monopolio?], debían guiar a la masa.
Maquiavelo, teniendo una visión pesimista del ser humano, recomienda en El Príncipe, la mentira, el fingimiento y las falsas promesas pero como un instrumento político, solo para que el gobernante imite al zorro en su astucia, haciendo frente a las distintas adversidades que pueden surgir en la vida pública.
En ese orden, sostiene que cuando la masa acepta la veracidad de la mentira del poder [oficial / institucional], no es necesario recurrir a la violencia ni al enfrentamiento directo entre gobernantes y gobernados. Lo que señala sutilmente el pensador florentino como inaceptable, es el engaño [la mentira] u ocultamiento de información del gobernante a sus fieles colaboradores, porque pueden resultarles dañinas a sí mismo.
Giucciardini, coetáneo de Maquiavelo, sostenía que toda acción política destinada a mantener el poder estatal debía estar exenta de juicios morales, de ahí el concepto de «razones de Estado».
Por lo tanto, los pensadores del Renacimiento creían que la verdad en política solo podía encontrarse dentro de los estrechos límites de los palacios y las cortes, y que las mentiras oficiales eran simplemente un medio de comunicación entre políticos y ciudadanos / súbditos.
Vemos entonces, que siempre existe justificación filosófica y moral del empleo de la mentira en la política que puede variar en su alegato, pero que es continua en todas las épocas conocidas.
Estas diversas apologías están presentes en las mentes de los gobernantes actualmente.

Consecuencias prácticas de las mentiras del poder
Cuando los políticos desconocen o niegan la realidad, la brecha [desconexión] entre quienes ostentan el poder (¿casta?) y la ciudadanía se amplía. Esto genera desconfianza, una crisis de representación y un agravamiento de los problemas sociales. Esta «psicología política» se utiliza a menudo para mantener la apariencia de gobierno [simular gestión y control de las variables] o para evadir la responsabilidad [no rendir cuentas], creando una narrativa alternativa que ignora [oculta] la verdadera situación de la ciudadanía [pueblo].
Un político desconectado, a menudo descrito como «distante de la gente» o que «vive en una burbuja», descuida cuestiones cruciales como el empleo, la salud y la educación, priorizando asuntos triviales [colectivamente irrelevantes] o su propia retórica. Este distanciamiento genera confusión y una sensación de impotencia en una comunidad que espera soluciones concretas.
Se forja, asimismo, una sensación de vacío de poder en la sociedad. En gobiernos carentes de verdaderos planes estratégicos, esto último se trata de compensar –o diluir– con autoritarismo y represión.

Mecánica del fenómeno
Resumimos a continuación, las características que se verifican normalmente en este tipo de situaciones de negación de la realidad por parte de gobernantes, destacando en primer lugar, que el político en cuestión, en una suerte de abstracción de problemas cotidianos, enfoca su discurso en temas de agenda propia o de marketing político en lugar de las necesidades urgentes que padece la ciudadanía.
Hay casos –más “graves” acotaríamos–. en que los líderes evidencian ignorar crisis profundas (en una suerte de negación), cuyo impacto social, es de una sensación de estar «a la deriva», lo que irradia inestabilidad política. Esto último se agrava, cuando es una parte de la sociedad, la que se percibe que su realidad no es tenida en cuenta, y ello, suele conducir a una polarización extrema entre críticos y partidarios.
La referida brecha entre la agenda política instituida por la autoridad política, y las necesidades urgentes de la población [realidad cotidiana], se conoce como una «desconexión del poder». Pero ha de tenerse en cuenta, que la negación no siempre es ignorancia; a veces es una estrategia para crear simulacros de reconocimiento de la realidad mientras se perpetúa una narrativa falsa.
Con ese mecanismo de defensa o manipulación, en que el gobernante trata de que la percepción pública dude de lo que vive, permite que la realidad negada persista. La consecuencia de esa actitud es unívoca: impide la superación de problemas estructurales, desigualdad y exclusión, ya que no se reconoce la situación real de las mayorías, siendo claramente; un impacto negativo para la Democracia.
Como cierre de este capítulo de elementos teóricos, no podemos dejar de mencionar el uso de la mentira aplicado a la práctica del fenómeno bajo análisis, y predicar que –tal como vimos históricamente, y en diversos sistemas– , la mentira y la manipulación se utilizan en la vida pública para influir en la conducta humana y la respuesta electoral, y, en la actualidad, también a menudo apoyadas por técnicas modernas de comunicación y neurociencias, con lo cual, en la posmodernidad se han tornado más eficientes y eficaces.

Resumidamente, la negación de la realidad por parte de los políticos, a menudo transforma la gestión pública en un acto de representación, donde la “verdad” es manipulada para mantenerse en el poder o evitar la rendición de cuentas.
Otras disquisiciones previas
La Psicología echa luz sobre estas conductas negacionistas u ocultadoras de la realidad, naturalmente sin distingos en sus descripciones acerca de los sujetos observados, sean políticos o no, pues las características aplican a todos.
Comenzando por el gran maestro S. Freud, quien determinó diferentes modalidades de ocultamiento, a las que llamó alternativas defensivas o modos de protección en que incurren determinados sujetos. Las distinciones que categorizó se conocen como; represión, negación, desmentida y desestimación. Cada vocablo con sus matices y connotaciones, pero todos tienen en común servir para la no aceptación de algo. son afecciones mentales
La Psiquiatría describe otras patologías de desunión con la realidad, tales como los trastornos disociativos; que implican una pérdida de conexión entre pensamientos, recuerdos, sentimientos, entorno, comportamiento e identidad. Otra afección mental del tipo es la psicosis, que básicamente ocurre, cuando una persona pierde contacto con la realidad. La persona puede tener falsas creencias acerca de lo que está sucediendo o de quién es [delirios], o, ver o escuchar cosas que no existen [alucinaciones].

Cuando se verifica este tipo de conducta en el ámbito de la actividad política, frecuentemente estas personas no desconocen la realidad, saben que eso que se llama realidad consiste en una imposición enunciativa. En su táctica comunicativa, no niegan lo percibido, tratan de que la percepción dude de sí misma. Para ello, emplean el poder de enunciación para violentar y desconcertar la percepción; practican la distracción. Concitan la atención en otros asuntos para igualarlos con emergencias que, dicen, no quieren negar.
En un ámbito general, además de ocultar/disimular/sesgar datos puntuales, la derecha neoliberal, construye la leyenda negra acerca del «populismo» [en rigor; gobiernos o partidos y fracciones de origen nacional y popular], cuyo fin es anatematizar a la oposición, o toda expresión disidente, constituyendo su némesis: «¡es nuestro enemigo, no un adversario!».

Una sociedad receptiva a la posverdad, o la jactancia de la ignorancia
La sociedad argentina atraviesa un periodo de desconcierto, caracterizado por la proliferación de ideas vagas y la falta de claridad sobre su futuro. Esta confusión es tan profunda que se asemeja a la anomia, la cual, en nuestra opinión, proviene de un Estado sin rumbo.
El estar a la deriva, se origina en que, desde el retorno de la democracia, más de cuarenta años ya, no se ha desarrollado un plan concertado [proyecto básico en común] entre la dirigencia político partidaria de las principales fuerzas, para ciertas áreas de la política gubernamental.
Seguramente la causa y consecuencia de ello, es que se ha verificado en el transcurso del periodo, una oscilación entre una visión absolutista del mercado, y el concepto omnipresente [que todo lo puede] de Estado de bienestar. Concepciones antagónicas políticamente, o filosóficamente antitéticas.
Sin acuerdos fundamentales y estratégicos compartidos; se carece de Políticas de Estado.
Una válida interpretación por aquella carencia, es atribuir a los liderazgos políticos una cierta incapacidad de gestionar la complejidad del país. En Argentina se verifica una convergencia en suma de intereses contrapuestos, que no se han podido de superar en consenso [resolver], y ello claramente atenta contra el tan postergado desarrollo del país, pese a contar con masa crítica en todos los factores necesarios para el “despegue”. Ante antagonismos vivos; aún prevalece el desconcierto.

La realidad social en efecto, muestra signos de contradicciones ideológicas larvadas y algunas manifiestas. Y la clase política, no se expide sobre planes para asentar las condiciones fundamentales para el desarrollo. Por ello, prevalecen discursos vacíos, quimeras que no alcanzan al nivel de utopías, pero que bastan para estimular emociones de seguidores de tal “no-plan”. A veces, esa retórica conduce a un salto al vacío que muchos parecen aceptar, como aferrados meramente a la esperanza.
No todo es intriga palaciega, táctica de propaganda, o demagogia de consultoras en campaña, amén de la laxitud ante los valores republicanos de sus narrativas –que desfiguran paulatinamente la identidad democrática del pueblo–, hay políticos que carecen de gestos de comprensión hacia la incertidumbre social, la desesperanza o la desconfianza en la política de otros sectores. Peor aún, existe cierta dirigencia política que desconocen los efectos de sus propias políticas en el cuerpo social.
Estancamiento y frustración popular. Falta de negociación a nivel dirigencial para acuerdos de mediano y largo plazo. Ese déficit de tolerancia hace difícil cualquier proyecto de Futuro. El autoritarismo en ese ámbito, aprovecha y crece, y el ansiado cambio se dificulta. Cuando hay resistencia, sin lograr resultados (o ser realmente escuchados); se marcha primero a la anomia y así, a continuación, se propende a la anarquía y a la disolución social.
Reinando en Narnia

Como se sabe, Narnia es un país en un mundo mágico creado por el “león” Javo, perdón; Aslan, lleno de animales parlantes (¿perros?) y criaturas mitológicas. Claro que originalmente, hablamos de literatura infantil o fantástica, pero resulta en una clara alegoría a la lucha entre el bien y el mal en la sociedad contemporánea, en donde se pretende asignar un carácter mítico al león, y se vive una suerte de tiranía craneada por la «Bruja Blanca» Kari… Jadis, una villana que sumerge a Narnia en un invierno eterno. Sus habitantes, variopintos como permita la imaginación; faunos, centauros, enanos, bestias parlantes y gigantes. Todo parece ser un crisol de razas, ¡tal como la Argentina!
No son pocos actores políticos, periodísticos y sociales en nuestro país que perciben una cierta desconexión entre el presidente Javier G. Milei y la realidad. Concretamente, las críticas argumentan que su gestión prioriza la aprobación internacional y números macroeconómicos, ignorando la situación social, la pobreza y el impacto de la crisis económica en la población.
La observación señala algunos puntos clave tales como:
-Una falta de sensibilidad [como rasgo de personalidad] ante la realidad cotidiana de los ciudadanos argentinos atravesando mayoritariamente una difícil situación económica, (que sus propias decisiones han causado o agravado).
-Un enfoque en conseguir la “aprobación externa”, es decir; lograr el beneplácito de líderes foráneos (D. Trump; Netanyahu, etc.) antes de buscar consensos con opositores locales.
-El desconocimiento de indicadores objetivos de gestión, o la lisa alteración de sus resultados en los mensajes presidenciales a la población, o en entrevistas periodísticas a medios locales o extranjeros.
-La concreción de actos públicos fuera de sintonía con las urgencias del país. En algún caso, su actitud es calificada hasta como de surrealista.
Veamos a continuación una crónica –harto sumaria– de acciones del primer magistrado, que lo sitúan como ‘fuera de contexto’ o por lo menos, excéntrico en un entorno de grave crisis socio-económica que padece el país:
-El presidente protagonizó un show musical, cual si fuera un “Rockstar” para presentar su nuevo libro “La construcción del milagro”, previo a viajar a Estados Unidos.

-A principios de mes, abrió las sesiones ordinarias con promesas de profundizar las reformas que ya empezaron, pero lo hizo en modo exaltado, violento, insultante, tal como una performance de stand up. Solo que con descalificaciones y chicanas para quienes son sus ‘enemigos’ que delimitó, nada tuvo de gracioso, y tampoco hubo propuesta alguna para enfrentar la grave crisis.

–Desconoce los datos de pérdida de puestos de trabajo registrados (que el propio Ministerio de Capital Humano emite), ni admite la sangría de más de 62.000 empleos públicos cesanteados.
-Para el titular de la Casa Rosada, en la Argentina, “la miseria decadente se terminó”. Sin embargo, el índice de pobreza e indigencia no paran de subir.
-Desde el año pasado, pronosticó que el índice de precios caería a “0” para mediados de este año, hace 9 meses que viene creciendo la inflación, pese a la brutal desaceleración (o caída) de la producción y del consumo inducidas por su propio programa económico. Pese a lo cual, insiste en sostener que la inflación “viene bajando”.
–Promete una pronta movilidad social, mientras que su austeridad radicalizada desfinancia la educación, la salud pública, la ciencia y el desarrollo tecnológico, desincentiva la industria con libre importación y quita de subsidios energéticos para producir, todos elementos útiles para mejorar ingresos y elevarse dentro de la pirámide social.
-Finalmente, como un claro ejemplo de esta disociación que atribuimos al presidente Milei con la realidad, podemos analizar su conducta concreta en el ámbito internacional, donde se obtienen también críticas de actores extranjeros, insospechadamente vinculados con intereses nacionales argentinos, y por tanto presumiblemente objetivos.
-En ese sentido, tomemos el caso de la participación en el foro de Davos, un ámbito indicado para exponer las potencialidades productivas, económicas y humanas de la Argentina, y, plantear una agenda apuntando al desarrollo sostenido con puntos de interés común con otras naciones. Milei, en cambio, toda vez que concurre a esa audiencia, pronuncia mensajes con fuerte enfoque ideológico, cayendo en un extremismo discursivo que desorienta a los presentes, que no están interesados en dogmas libertarios o pasajes bíblicos, sino en escuchar propuestas para atacar problemas reales, tales como; soluciones a crisis ambientales, menguar la desigualdad, el combate al narcotráfico, etc.
-Inadmisible, además, es que en un escenario de tanta visibilidad internacional no se haya levantado la voz en reclamo por nuestras Malvinas, lo que palmariamente demuestra la falta de agenda y ausencia de intereses nacionales en la mente del presidente.
-El último rasgo que lo define como disociado de los objetivos argentinos, es su reciente declaración de “derrotar junto a Estados Unidos e Israel, a Irán, pues es nuestro enemigo”. Fuera de eje y de fueros, involucra al país en un conflicto bélico alejado y externo, del que la república no tiene arte ni parte, considerando, además, que el Ejecutivo, –según la constitución nacional–, no está habilitado para declarar guerra ni condición de enemigo a otro estado, recayendo esa facultad, solo en el Congreso de la Nación.

Concluyendo
Podemos afirmar que el actual gobierno argentino (y ciertamente no asignándole ninguna exclusividad), trata de imponer un relato falso, hipócrita y sofista, muy a la medida de los necios que carecen de conocimientos para rechazarlo, con el fin de justificar todo tipo de atropellos, o legitimar políticas perjudiciales a las mayorías. Hoy, la capacidad de reflexión, el juicio crítico, representa un problema para el sistema elitista instalado.
Criminalizar el pensamiento y cerrar espacios democráticos de negociación, diálogo, participación y mediación colectiva, se vuelve una necesidad vital para la sobrevivencia del anarco-capitalismo exclusivista (aunque parezca un oxímoron). Por eso, se estigmatizan sectores sociales, se cancelan dirigentes opositores, se controlan a periodistas libres u ocultan a disidentes de su propia tropa.
Con la redefinida concepción de hacer política, como gestión de un poder absoluto, marchamos desde un autoritarismo ya explícito, a un totalitarismo en cuyo marco se habrán difuminado los límites entre dominación, disciplina y obediencia.
Cuando haypasividad por parte de la sociedad ante tanta evidencia de desinformación y posverdad generada desde el gobierno, significa que también se niega la realidad, y esa misma negación, permite la profundización de las confusiones políticas o errores conceptuales que, a su vez, habilitan la perpetuidad de la “casta”.
La admisión pasiva lleva al autoengaño. Sin embargo, bajo el invisible pacto social, teóricamente solo aceptamos la realidad como única verdad.
Negar la “realidad” tanto por parte del poder o del pueblo, implica desconocer que pueda existir una praxis distinta a la que nos lleva hacia el abismo del oscurantismo y la ignorancia; negar la realidad es negar la verdad, no poder reconocer el error, ni rectificarse.
La peor forma de negar la realidad por parte de la ciudadanía, es no darse cuenta que la “realidad alternativa” que construye quien gobierna, encadena mentes en su descarada mecánica de manipulación y pretendida homogeneización (de la plebe), degradando la cultura democrática, variada por naturaleza.

En la diversidad está la riqueza, aunque suene a lugar común.
La consigna de la hora parece ser eludir la autocomplacencia y confrontar la realidad, asimismo, evitar que la negación, la indiferencia y el individualismo se conviertan en hábito.
Las tensiones y desavenencias en toda sociedad existen en la realidad, y, si se pretende tener una ciudadanía capaz de debatir en común y ‘autogobernarse’ [responsabilizarse] han de enfrentárseles, pero para ello, se debe poder acceder a la verdad completa, siendo la única forma de comprender los dilemas políticos en que nos hallamos inmersos en nuestra época, y responder a esos desafíos colectivamente, sin «guías iluminadas».
Marzo de 2026
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